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jueves, 12 de octubre de 2017

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN. TERCERA ERA. PRIMER CICLO

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN

  ERA TERCERA

JORGE RUIZ CUESTA


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DESPERTAR SOÑANDO. S.A.
Atitlán,
Cerca del agua.








 

ERA TERCERA

CICLO PRIMERO 

1. LOS CHELES DE LOS HOMBRES

Un cuento de terror basado en la tradición oral de las leyendas tz´utuhiles
(San Pedro La Laguna, Lago Atitlán, Guatemala)

Diego Isaías Hernández Mendez

PRÓLOGO/EPÍLOGO

Nuevas Leyendas Del Lago Atitlán es un conjunto nunca fijo de relatos que van saliendo a la luz (en Blog) antes de nacer (en papel). Así, frente a una edición (o dosificación) convencional, que muere al nacer, que se cierra definitivamente o se fija para siempre al quedar impresa, estas leyendas, si llegan a ser un poco "legendarias", será irónicamente por alargar su vida más allá de cada punto final, al corregirlas, ajustarlas y hasta reescribirlas sin más pausa que su declarada dosificación.

Precisamente la imposibilidad de fijar un orden claro, marcar un itinerario único o proponer un final con destino, es lo que nos lleva (paradojas posmodernas) a presentarlas en ERAS, CICLOS, FASES y CAPÍTULOS, abiertos, cambiantes, flexibles, sabiendo que el rastro de lo legendario es inasible como una atmósfera y que sólo una estructura que sea como el TIEMPO mismo, podrá sobrevivir.

Por todo ello, SE HACE SABER que esta publicación inexistente sufrirá -como cualquier alma mortal- sucesivas transformaciones, remiendos, adiciones y hasta adicciones en sus CICLOS, FASES, CAPÍTULOS; PINTURAS, FOTOS, COMENTARIOS...



1. LOS CHELES DE LOS HOMBRES 

 

Yo no contaría esto si no lo hubiera visto con mis propios ojos. 
Fue una noche de lluvia sin luna. Eran pasadas las doce cuando regresaba a mi casa después de celebrar con un compadre al que no había vuelto a ver desde la infancia.
En la cantina de doña Rosita, estaban los habituales y allí los dejamos cuando me llevé al compadre de vuelta a su pensión. Nada más regresar a la calle del mercado y enfilar para mi casa me di cuenta de que me seguían dos chuchos. Cuando pasé por la biblioteca municipal eran más de seis o siete los perros que traía detrás, silenciosos pero vigilantes. Al llegar a la altura del cementerio, otros tantos me salieron al paso en la parte más estrecha de la calle. El más grande entre estos, se distinguió de la mara acercándose a poco más de tres metros del lugar donde me quedé paralizado cual si fuese víctima de una aparición, según narran leyendas de nuestro pueblo. Entonces, moviendo la boca como si ladrase, el perro pronunció estas inolvidables palabras en nuestro amado idioma tz´utuhil (o al menos así lo escuché yo):
Ven compañero, acércate, no tengas miedo, te esperábamos”.
Quise huir pero estaba rodeado. Con tres respiraciones hondas, intenté engañar al terror lo suficiente como para mover algún músculo, pero entonces, cuando ya estaba decidido a someterme, fue cuando me vi como perro.
Era negro y peludo, estaba sucio y hambriento. El líder de la mara parecía ahora más grande que antes. No, no parecía: me sacaba una cabeza de altura y dos cuartas de largo. Creo que lo miré como un niño mira a su padre, quizá por eso después de un titubeo, dirigiéndose a mí, dijo “Vamos” con una voz que me calmó.
Seguí a la mara sintiendo cómo algunos me olisqueaban dedicándome miradas valorativas con aire de superioridad. Cuando llegamos al centro del cementerio, otro perro, el que parecía más viejo, habló de este modo:
No hay tiempo que perder. Ha llegado nuestra hora. Al final de esta noche, cuando el sol reanude la cuenta de los días, el tiempo del no tiempo comenzará. Cuando amanezca nada podrá hacerse por nuestra comunidad”.
Después el líder, con su voz poderosa dijo: “Todos a sus puestos” y dirigiéndose a mí en voz más suave añadió:
Tú quédate aquí conmigo”. El gran perro me explicó mi cometido. “A ti te corresponde vigilar el cementerio. Durante esta noche nadie puede acercarse a hablar con sus muertos. Espero que sepas cómo arreglártelas para espantar a las personas que busquen estos días la compañía de sus antepasados”.
Antes de irse se me acercó a un palmo de la cara y me lamió los ojos con su gran lengua: “Toma, con esto en tus ojos no necesitarás ayuda de nadie”.
¿Qué es esto?, acerté a preguntar.
Son cheles que he logrado recoger de los ojos de un niño pequeño”.
Yo hice lo que se me dijo pero sólo hasta cierto punto porque nadie apareció por el cementerio. Cuando me quedé solo y el frío comenzaba a taladrarme los huesos husmeé por los alrededores.
Diego Isaías Hernández Mendez
Recuerdo haber visto las tumbas de los hombres con insólita indiferencia, pese a que tuve que haber pasado junto a varias que albergan seres queridos. Mi mente estaba inmersa en otros pensamientos. Me intrigaban los términos exactos de la misión. Sabía que en nuestra tradición, si se aplican en los ojos de los hombres los cheles o legañas de los perros se pueden ver los espíritus con mayor facilidad. Lo sabía, pero no lo recordaba en ese momento, por eso no me intrigaba qué efecto podían tener los cheles de los hombres en mis ojos de perro. Del mismo modo había escuchado las palabras del perro anciano, entendiendo que se referían al tiempo, pero “eso” era algo que en aquel momento había dejado de experimentar.
Así, el segundo día o al siguiente segundo, nunca podré precisarlo, me dejé llevar por la tentación de abandonar mi puesto, olvidar mi misión y tomar el itinerario de vuelta a casa. Sólo entonces, al salir del cementerio, o porque el efecto de los cheles humanos es más lento, comencé a comprender.
No me hizo falta llegar hasta la casa, pues por el camino se observaban las huellas de la matanza. Alguien había rociado todas las calles que salen del mercado con un polvo que pintaba de amarillo los cimientos de las casas, como señalando que algo extraño y aterrador había aflorado. Los perros, mis hermanos, yacían en las más variadas posturas inertes. Una comisión de la municipalidad se estaba organizando para recoger sus cuerpos y quemarlos.
Diego Isaías Hernández Mendez
Aterrorizado por la crueldad de mis contemporáneos regresé rápidamente al cementerio. A pesar de que tomé la precaución de esconderme y de que ni el líder de los perros ni el más viejo del grupo, ni persona o animal alguno apareció por allí en los días siguientes, el tiempo se me hizo largo seguramente porque lo viví aterrorizado.
En algún momento debí dormirme. No lo sé, lo intuyo, porque “desperté” hambriento, temblando de frio y tan sucio como antes, pero con el cuerpo y la memoria humanas restablecidas otra vez. (Quién sabe si el cerebro, con el fin de asimilar estas transiciones desconocidas, necesite recurrir a los subterfugios de aquellas otras que son asimilables para nuestra experiencia ordinaria, lo que provoca que la experiencia del mundo, sea por él o por nosotros, siempre resulte extraordinaria).
El caso es que al restablecerme (cuerpo y memoria bastan) quedé persuadido de que todo había sido un sueño y regresé a la casa simulando seguir de jarana, como si no hubiese ocurrido nada. Mi esposa me recibió huraña y esquiva, pese a que para ella hubiera transcurrido sólo una noche y no dos, como yo creía. Mis hijos tan cariñosos y merodeadores como siempre, no sospecharon nada, ni siquiera cuando mi esposa me reprochó la desgracia. Nuestro perro había salido a buscarme durante la noche. Y aquella no había sido una noche cualquiera, era la noche decretada por la municipalidad para “el envenenamiento masivo y controlado de los perros que hacen mara, se asilvestran y atacan personas y propiedades en nuestro pueblo”. 

 


ADVERTENCIA PARA INADVERTIDOS-AS
Toda búsqueda de leyendas es legendaria.
Toda búsqueda o indagación sobre uno mismo es una búsqueda o indagación universal. El tiempo, el ingrediente esencial de la vida, se hace espiral y, entonces, sus ciclos no se repiten, en todo caso, repiten el biorritmo que los contemporiza. Esa es la armonización primordial, la que has de buscar, encontrar y mantener, cueste lo que cueste, en el bombeo de tu corazón, los ritmos de tu respiración, los anhelos de tu espíritu.
Por eso, si, desconcertado, has perdido la cadencia temporal que se acopla a tu ser, aquí podrás encontrar un nuevo vínculo entre lo íntimo y lo universal que no siéndote propio, tampoco te sea ajeno.
Y todo porque, si buscas leer, vivirás, y si buscas vivir, leerás.

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DESPERTAR SOÑANDO. S.A.
JORGE RUIZ CUESTA 
Atitlán, Cerca del agua.



jueves, 4 de febrero de 2016

FIN CICLO SEGUNDO. FASE VI: "USOS, MANÍAS, LEYENDAS Y COSTUMBRES 20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Un personaje en busca de lector")





NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN


JORGE RUIZ CUESTA

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CICLO SEGUNDO: "USOS, MANÍAS, LEYENDAS Y COSTUMBRES

FASE VI "PERSONAJES LEGENDARIOS
17. ENANOS (o "Nuestra Madre Tierra re-quiere lo pequeño")
18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")
19. LAKE (o "El curandero gringo")
20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Un personaje en busca de lector")



20. EL PRINCIPITO DEL LAGO 
(o "Un personaje en busca de lector")

Cuando decidí quedarme a vivir “cerca del agua” no sabía que estaba penetrando en un tiempo múltiple y diferido, una realidad unificada y comunicante, un lugar donde no se puede distinguir entre sentir y pensar, hacer, decir, realidad o sueño...
Poco a poco aquella extrañeza se me fue haciendo más congruente que mi propia razón y uno de los personajes que me ayudó a dar el “salto cultural”, no fue un anciano sacerdote en una gruta, una pirámide o un centro ceremonial, ni una anciana curandera, huesera, partera…, sino el personaje más inesperado: el Principito, que se quedó a vivir para siempre en el Lago Atitlán. 
 
Aunque se pasee por San Pedro vendiendo "special cakes", aunque también pueda conseguirte coca, hachis, bonguis, opio, heroína y hasta ketamina (si eres tan burro como para quererla), yo sé, ahora que he vivido lo suficiente cerca del agua, quién es y de dónde viene aquel que, según cuentan modernas leyendas pedranas, fue el primer extranjero que se quedó a vivir en San Pedro, y sé también por qué, pese a ser el más anciano de aquella cuadrilla de hippies originarios, les sobrevivió a todos para contarlo. 
Philatelic tribute to Antoine de Saint-ExupéryEn su caso lo legendario es doble e inevitable, puesto que no habla con nadie, excepto para realizar sus transas, por lo que antes que a la conversación,con él se accede siempre a la leyenda.

No se sabe de dónde salió el rumor: que al parecer había conocido a Antoine de Saint Exupery años atrás, antes de llegar a San Pedro, cuando el famoso autor vivió en Antigua, convaleciente de uno de los tantos accidentes aéreos que jalonaron su vida voladora y literaria. Allí, mirando por la ventana del hospital, se le reveló al gran autor la inolvidable imagen del Planeta de los tres Volcanes que dibujó en el manuscrito original de su célebre Petit Prince.


Si es verdad que se conocieron o no, ya no importaba porque la historia de su relación se había transformado en otra leyenda: Al parecer, tras la recuperación de sus heridas (el accidente no debió ser grave), el célebre autor y su personaje, el Principito (joven), se conocieron. 

Emilio González Morales
La borrachera debió ser legendaria, porque aquella noche, no se sabe en qué condiciones, Antoine le confesó al Principito que se había quedado fascinado al verlo entrar en la fiesta del hotel, porque le había parecido estar viendo a su personaje unos años después de cuando lo conoció al escribirlo, quizá porque lo esencial es invisible a los ojos.
Durante el tiempo que transcurrió hasta que trabaron aquella conversación trabada, Antoine lo había estado observando y esa observación le había inspirado una idea para dar una segunda oportunidad a su pequeño príncipe, en una “Segunda Parte” que escribiría en cuanto reuniera el tiempo, el aliento y el ánimo. Pero estos planes, como se sabe, no pudieron aterrizar porque lo impidió otro accidente aéreo… A no ser que la vida que vivió después el Principito del Lago y que aún perdura -yo soy testigo porque ahora sé que todo es posible aunque nunca sea probado-, fuese una suerte de continuidad...
Vous êtes ici Viéndole así nadie lo diría, porque lleva cuatro o cinco capas de ropa mugrienta, el pelo lacio, tan canoso que parece amarillo, la barba larga y tupida como un Santa Claus buscando su eterna Navidad perdida, y arrastra por las calles imposibles de San Pedro una bolsa de viaje con ruedas donde guarda las únicas copias que quedan de un libro titulado NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN.




Emilio González Morales


NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN.









JORGE RUIZ CUESTA

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CONTINUARÁ




martes, 5 de enero de 2016

CICLO SEGUNDO. PERSONAJES LEGENDARIOS. Capítulo 19. LAKE (o "El Curandero Gringo")

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN


JORGE RUIZ CUESTA

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CICLO SEGUNDO:
"USOS, MANÍAS, LEYENDAS Y COSTUMBRES



FASE VI "PERSONAJES LEGENDARIOS"

17. ENANOS (o "Nuestra Madre Tierra re-quiere lo pequeño")
18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")
19. LAKE (o "El curandero gringo")
20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Personaje en busca de lector")

FASE VI 
"PERSONAJES LEGENDARIOS"


19. LAKE (o "El curandero gringo")



Esta no es una leyenda, sino la historia de un muchacho legendario. La historia de un niño gringo que en poco tiempo llegó a ser tz´utujil. La increible pero verdadera historia de Lake Kennedy, que vivió 13 años en el Lago Atitlán.
Yo tenía 17 años cuando conocí a Mia. En ese tiempo es cuando San Pedro comenzó a ser un pueblo hippie. Acá llegaban muchos gringos, que traían dólares y querían pasarla bien: fumarse su hierbita, hacer fiestas en la orilla del Lago, ir a navegar o a pasear. En ese tiempo, nuestro país vivía la Guerra y los ejércitos llegaban a cada rato para buscar más muchachos con los que seguir la matazón. Un día yo me libré de ser capturado porque me entretuve varios días en la casa de Mia, por eso, hasta que pasara la tormenta, decidí aceptar su invitación y me quedé a vivir con ella clandestinamente.
Mia vivía con sus mellizos, Lía y Lake, que por entonces eran dos bebés llorones y más rojos que los granos de café maduro. Me contó que en realidad vivía en el Lago, refugiada de su propia familia. Su marido, era el sobrino del ex-Presidente Kennedy, pero ya se había separado de él. “Él es un niño mimado, un irresponsable y un loco, pero como su familia tiene mucho dinero y mucho poder, quieren arrebatarme a mis hijos”.
Viendo venir el problema en cuanto se zafó de su marido, Mía compró un boleto de autobús para la frontera mexicana y estuvo un tiempo viajando por México y Belice hasta que llegó al Lago Atitlán, donde nacieron sus hijos.
Yo poco a poco fui adaptándome a la nueva vida: organizaba excursiones en barca, a caballo y a pie, vendía las artesanías que realizaba Mia, primero sola y después ayudada por sus hijos, y vendía también nuestra hierbita, esa que tanto les gusta a los gringos, la misma que les hace exclamar: “Oh my God, that's life”.  
Todo marchaba estupendamente, éramos ya como una familia, cuando por sorpresa, supimos que el marido de Mía acababa de llegar al pueblo y andaba preguntando por ella. “Nos marchamos a Agua Escondida”, le dije a Mía: “Allí tengo unos amigos que podrán ayudarnos y ocultarnos hasta que pase la tormenta”. Reconozco que yo en ese momento estaba más asustado por la posibilidad de que me llevaran los ejércitos que por el marido de Mía, por muy Kennedy que fuera.  
En Agua Escondida, Lía se puso enferma. Primero le dio diarrea y después tuvo tres noches de fiebre y vómitos. Pensamos que tenía malaria y yo me fui a San Lucas Toliman a por su medicina. Cuando regresé Mía estaba ahogando su pena en lágrimas y alcohol. Pasó unos días en coma y después comenzó a recuperarse poco a poco. Se recuperó su salud, pero no volvió a ser la misma mujer. Lake en cambio, pareció haber madurado en ese lapso todo lo que cualquiera puede madurar en toda su vida.
Decidimos regresar a San Pedro. Afortunadamente el marido de Mía ya había desistido en su búsqueda y supimos que se había marchado al Salvador, porque alguien le dijo que Mía se había vuelto a casar con un salvadoreño huido de la Guerra en su país. No sé de dónde salió el rumor del salvadoreño, pero eso nos permitió reinstalarnos en nuestra vida anterior y volver a ser pasablemente felices. Los gringos seguían llegando cada vez en mayor número, con más sed, más dólares y más ganas de vivir la “good life”. A Lake lo inscribimos en el Colegio Ixmucané y a los pocos meses ya hablaba en nuestra lengua conmigo. Daba gusto verlo vestido de pedrano, con sus ojos más azules que el Lago en día despejado y el cabello tan claro como el elote tierno.  
Una mañana nos asustamos mucho porque Lake dijo que no podía ir a la escuela, le dolían todos los huesos y no podía levantarse. Más que Lake, me preocupó la reacción de Mía, todavía demasiado afectada por la muerte de su hija, aunque ya hubieran pasado más de dos años. Era tal su pena que algunas voces del pueblo, las voces chismosas y rencorosas de siempre, comenzaron a soltar el rumor de que Mía no era mía, sino la Llorona.
Esa misma noche, un ruido me despertó y pude ver a Lake, levantado y vestido como si fuera a ir al colegio, abriendo la puerta de nuestra pequeña cabaña. Todavía estaba oscura la noche, pero pude ver que caminaba con los ojos cerrados, como dicen que caminan los sonámbulos. Por eso decidí seguirle sin hacer ruido, pues también se dice que una interrupción de su sueño puede matarlos.

Lake tenía por entonces unos siete años. El pelo largo y rubio, alborotado por la brisa de la madrugada le daba un aire fantasmal a su menuda figura vestida de pedrano. Caminaba muy despacio, como si estuviera borracho o escudriñara todas las piedras del camino. Cuando adiviné que se dirigía a la orilla del lago, tomé otro camino y me adelanté porque quería ver en su rostro, saber si caminaba despierto o dormido. Sin duda alguna puedo confirmarlo aquí: caminaba dormido.
En el lugar donde se encuentra ahora el hotel “Villa Cuba” había entonces una milpa. Lake se metió entre los surcos y le perdí de vista unos instantes, hasta que llegamos al claro de la orilla. Allí se sentó sobre una gran piedra y comenzó a susurrar una retahíla de palabras en nuestra lengua tz´utuhil entre las que solamente pude distinguir algunas ideas sueltas: “abuela luna, hermano lago, querida piedra y líneas de poder”. “No es posible”, me dije. “Será que este niño ha aprendido los rezos de los Antiguos o que ellos le dictan lo que tiene que hacer y decir en sueños?”.
Por fin, Lake dejó de recitar, se levantó de la piedra y volvió a agacharse tocando con las manos la arena negra de la orilla. Vi que se frotaba todo el cuerpo con la piedra pómez que había recogido, como si estuviese lavándose con jabón. Después en lugar de tirar la piedra al Lago como debe hacerse cuando un Ahogado te ha mordido, la guardó en el bolsillo del pantalón y comenzó a caminar en la dirección contraria por donde había venido. Le seguí hasta la casa. Vi cómo se metió en su cama mientras yo caía en el insomnio.
A la mañana siguiente, Lake ya no estaba en la casa. “Se ha ido a la escuela”, dijo su madre, que ya fumaba en la cocina. Mientras desayunábamos le conté lo que había ocurrido con su hijo aquella noche. Esa tarde supimos por boca del propio Lake, toda la historia. Había tenido un sueño. Soñó que unas voces le decían lo que tenía que hacer para quitarse el dolor de huesos y regresar a la escuela. “Busca tu piedra en la orilla del Lago. La reconocerás, porque te encontrará ella a ti, no tú a ella. La piedra te curará”, le dijeron. “Lo extraordinario es que la piedra está aquí y yo ya estoy curado, sin haber hecho nada, mamá, lo juro”. A ver la piedra, le pedí yo. “No puedo mostrarla, pero aquí está”. Nos mostró una caja de Nivea de las que su madre solía usar para cuidarse la piel, haciéndola sonar como si fuera una maraca.
Desde entonces Lake se convirtió en huesero y su fama no hizo sino incrementarse con el tiempo. Muchos enfermos y hasta sanadores reconocidos pasaron por nuestra casa. Lake siempre hacía lo mismo. Hablaba mucho con los enfermos, les ayudaba a expresar sus quejas, sus rencores, sus anhelos, sus sueños y después sacando la piedra de la cajita de Nivea, escondiéndola siempre a la vista del enfermo, les frotaba con energía las partes doloridas, recitando largos conjuros en una extraña lengua maya. ¿Qué idioma es ese que hablas cuando haces tus curaciones?, le pregunté una tarde en que hacía su tarea escolar a la puerta de la casa. “No le digas a nadie, pa, es uno que aprendí soñando“.

En pocos años, Lake era el niño más famoso del pueblo. Todos los vecinos querían visitarlo, conocerlo, tocarle su cabecita dorada. Al poco de cumplir los trece años, cuando Lake ya discutía de igual a igual con los más Ancianos y sabios Sacerdotes Mayas, como Jesús con los Rabinos del Templo, un operativo militar irrumpió en nuestra casa. A mí me llevaron al Ejército y no volví a ver nunca más a Mía y Lake. Muchos años después supe lo que me temía, que se los habían llevado a los Estados Unidos, reclamados, supuse, por la todopoderosa familia Kennedy. Desde entonces no sé nada de ellos y cada vez son menos los pedranos que los recuerdan en su dimensión real y son más los que murmuran como si Mía fuese la Llorona y su parentesco con los Kennedy un mito posmoderno.
Entre las ruinas de la cabaña que habitamos durante aquellos años felices, encontré la cajita de Nivea de Lake. La piedra no estaba dentro, pero a mí se me ocurrió sustituirla por otra. Fui a buscarla al lugar donde Lake la encontró la noche que se levantó de su cama sonámbulo... Y me encontré una caja de madera con botes de pintura al óleo y pinceles en muy buen estado. Desde entonces soy pintor. No un pintor famoso, ni legendario, ni rubio como aquel Lake, pero gracias a la vida, con mi actual esposa, vamos tirando.
 
 PRÓXIMAMENTE
 FIN CICLO SEGUNDO:  
"USOS, MANÍAS, LEYENDAS Y COSTUMBRES

FASE VI "PERSONAJES LEGENDARIOS"
 20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Personaje en busca de lector") 

 

...AQUI TERMINAN PROVISIONALMENTE ESTAS...

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN





lunes, 7 de diciembre de 2015

CICLO SEGUNDO: "USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES" FASE VI "PERSONAJES LEGENDARIOS" 18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")

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JORGE RUIZ CUESTA

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CICLO SEGUNDO
"USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES"
FASE VI "PERSONAJES LEGENDARIOS"


17. ENANOS (o "Nuestra Madre Tierra re-quiere lo pequeño")
18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")
19. LAKE (o "El curandero gringo")
20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Personaje en busca de lector") 



18. ALDOUS HUXLEY

(o "La tozuda imaginación")


Aldous Huxley, llegó por primera y única vez al Lago Atitlán una tarde de primavera que quedó grabada en su recuerdo para siempre.
El Varco de Bapor (así, con “be” y “uve” permutadas, lo leyó escrito en el cascarón de proa), se movía gracias a una gran pala rotatoria como las de los viejos barcos fluviales que estaban desapareciendo en Norteamérica. La embarcación le recordó sus primeras travesías por el Mississippi, cuando recorrió con entusiasmo juvenil los escenarios de las novelas de su autor favorito, el inolvidable Mark Twain.
El Sr. Huxley sustituyó mentalmente los indígenas tz´utuhiles por esclavos negros y se creyó inserto de repente en las viejas páginas de su diario de entonces, buscando entre los rostros de los pasajeros tz´utuhiles a Jim, al padre borrachín de Huckberry, a la tía Poli…
Al poco de zarpar hacia San Pedro se ocultó el sol, y una nube negra que parecía una gran bocanada de humo saliendo del Volcán Santiago, se interpuso como un escudo entre el Sol y el Lago. La tormenta comenzó con una lluvia suave, pero poco a poco, en un crescendo que al Sr. Huxley le pareció “controlado”, se descargó furiosa sobre el Lago.
El hermoso paisaje quedó oculto y el Sr. Huxley, pareció entrar en una especie de trance, pues todos los viajeros comentaban asustados la tormenta, la posibilidad nada remota de que cayera un rayo que partiera en dos el barco mientras él permanecía impertérrito mirando por la ventana.
Los rayos caían verticales a la superficie del Lago, como serpientes de fuego que muriesen al morder el agua, el barco se zarandeaba como un cayuco en medio del mar y el Sr. Huxley, inmutable, miraba por la ventana.
Aunque no se veía a cinco metros del lugar por donde trabajosamente avanzaban las palas del Vapor, el Sr. Huxley supuso que en aquel preciso instante se hallaban en el centro del Lago. Al recordar la vieja leyenda, quiso comprobarla: primero concentró su pensamiento en algo sencillo como controlar mentalmente los movimientos bruscos del viejo Vapor mediante la técnica de separarse temporalmente de su cuerpo. Después se imaginó una apertura en el cielo, como una claraboya por donde comenzase a entrar la luz de un atardecer especial.
No respondió a la persona que viajaba con él, su guía o acompañante, cuando le pidió que abandonara el lado de la ventana y se sentara en el centro para evitar los zarandeos, porque justo en ese instante estaba haciendo ulular mentalmente un viento de este a oeste, a la altura de la nube amenazante que oscurecía el lago.
Permaneció junto a la ventanilla, ahora con los ojos cerrados, concentrado en despejar mental y literalmente el cielo para que el lago volviera a ser el espejo más hermoso del mundo. 
Sólo al notar que las palas del Vapor dejaron de moverse abrió los ojos y se encontró en el recientemente inaugurado muelle de San Pedro La Laguna, justo cuando el sol se ocultaba tras las enormes faldas del Volcán San Pedro bajo un cielo sin nubes.
Desde entonces, sabemos que Aldous Huxley tuvo una grata estancia en San Pedro, y gracias a él, una leyenda Cherokee se cuenta a cerca del Lago Atitlán: que los pensamientos, las intuiciones, los sueños que el viajero tenga o aliente al atravesar el centro del Lago, se cumplen, como si por ese instante fuéramos dioses capaces de crear “un mundo feliz”.

...PRÓXIMAMENTE...


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20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Personaje en busca de lector") 





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