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viernes, 1 de mayo de 2015

PRIMERA ERA. CICLO SEGUNDO. FASE I.(Capítulos 2-4)

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN


Jorge Ruiz Cuesta
http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/3.0/nl/88x31.png
ATITLÁN
Cerca del Agua

 DOSIS MAYO 2015




ADVERTENCIA PARA INADVERTIDOS-AS


Toda búsqueda de leyendas es legendaria. 
Toda búsqueda o indagación sobre uno mismo es una búsqueda o indagación universal. El tiempo, el ingrediente esencial de la vida, se hace espiral y, entonces, sus ciclos no se repetirán, en todo caso, repetirán el biorritmo que los contemporice. Esa es la armonización primordial, la que habrás que buscar, encontrar y mantener, cueste lo que cueste, en el bombeo de tu corazón, los ritmos de tu respiración, los anhelos de tu espíritu.
Por eso, si, desconcertado, has perdido la cadencia temporal que se acopla a tu ser, aquí podrás encontrar un nuevo vínculo entre lo íntimo y lo universal que no siéndote propio, tampoco te sea ajeno.

Y todo porque, si buscas leer, vivirás, y si buscas vivir, leerás.

CICLO SEGUNDO: "USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES"

FASE I: “LO ATEMPORAL”
1. MANDAMIENTOS FUGACES DEL TIEMPO ETERNO
2. TIEMPO GANADO, TIEMPO PERDIDO
3. LAS PUERTAS DEL VOLCÁN
4. ATRAPAPOETAS

FASE II: “ANIMALES”
5. LA VERDADERA Y JAMÁS CONTADA HISTORIA DE LOS PATO POC
6. LOS PERROS DEL LAGO
7. LOS CHELES DE LOS HOMBRES

FASE III: "MANÍAS"
8. FECUNDACIÓN IN LAGO
9. BAUTISMO
10. PODER ONÍRICO DEL LAGO ATITLÁN
11. GEMELOS

FASE IV: “COSTUMBRES”
12. LEYENDA QUE SE ANTICIPA
13. AVISTAMIENTO
14. SEÑALES DEL NUEVO AÑO

FASE V: “NO LUGARES”
15. EL PUEBLO VOLADOR
16. EL CERRO DE ORO

FASE VI: “PERSONAJES LEGENDARIOS”
17. ENANOS (o "Nuestra Madre Tierra re-quiere lo pequeño")
18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")
19. LAKE (o "El curandero gringo")
20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Un personaje en busca de lector")


Emilio González Morales: Fiesta de Perros




Samabaj: un sitio sumergido en el Lago de Atitlán

CICLO TERCERO

“USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES”

FASE I
“LO ATEMPORAL”






2. TIEMPO GANADO, TIEMPO PERDIDO

Fascinado por las historias a cerca del misterioso fondo del Lago Atitlán, decidí frecuentar a los Pescadores y a los Buzos. El contacto diario con el agua, ha dejado sus cuerpos reblandecidos y sus miradas acuosas.
Emilio Gonález Morales: Lluvia de Peces
Al escucharles hablar, uno detecta esa pauta de silencio que debe reinar en el centro o en el fondo del Lago. Sus anchos pechos, parecen abrirse al mundo y no suelen contener sus secretos aunque, como yo, amen los misterios.
“Un modo de parar el tiempo se logra sumergiéndote sin oxígeno en las aguas del Lago Atitlán”, me dijo uno de ellos. “Es muy sencillo, bajo el agua el tiempo se cuenta hacia atrás, de modo que si usted aguanta un minuto, pues un minuto que le gana a la vida. Yo lo sé por el terremoto del 76 que tanto afectó en Guatemala. Ese día yo estaba bañándome en el lugar que le dicen La Finca cuando vi rodar una gran piedra por la falda del Volcán. Me dio miedo y me sumergí en el agua por el tiempo que aguantaron mis pulmones. En ese tiempo yo estaba patojo y mi record andaría por los 2 minutos o algo más. Uno no puede saber lo que la cabeza piensa mientras los segundos pasan bajo el agua. Mi vida entera pasó en ese tiempo por mi cabeza. Me vi de patojo, cuando mi abuelo me traía en ese lugar, cuando de patojito era yo quien trataba de llevar allí a las patojas, cuando me dio por pescar para completar la economía familiar, y todas las ocasiones en que vine a bañarme, asolearme o pasear.
taringa.net
Cuando salí a la superficie a tomar resuello no vi la enorme piedra que había rodado por la ladera. Todo estaba como antes de suceder el terremoto. Me di cuenta de lo que le estaba pasando al tiempo por habérselo oído contar a mi abuelo que era un gran narrador de leyendas. De modo que salí rápidamente del agua, agarré mi morral y corriendo por la orilla fue cuando la gran piedra volvió a rodar, tal como la había visto desde el agua. Eso le da una idea a usted de cómo recuperar su tiempo perdido”.
gogobot.com
Otro de los buzos, el mayor de todos, que había escuchado entre sonriente y conminativo a su compañero, no sé si para compensar o para que me diera cuenta de que hay leyendas y Leyendas contó lo siguiente:
“Dicen que cada vez que nos bañamos en las aguas del Lago Atitlán, obtenemos un día más de vida. Yo calculo que bañándome aquí, casi a diario, ya le habré ganado unos cuarenta años al destino”. 
Los buzos hablan, cuentan a quien quiera escuchar, yo, lo único que sé es que al contemplar cada mañana el Lago Atitlán desde cualquiera de sus orillas, cualquier intento de ganar pasados o futuros carece de sentido, pues quien tiene la fortuna de observar sus ciclos, sus fases, sus cambiantes capítulos todos los días de su vida, aprenderá a vivir siempre acorde, acompasado, parejo, simultáneo con él y con las nubes que pasan, en un infinito e inmarchitable presente, ni ganado ni perdido.

Emilio González Morales: Danza de Azadón



3. LAS PUERTAS DEL VOLCÁN

Dicen los Ancianos que el Volcán tiene sus puertas por donde entran y salen los animalitos. Sólo ellos las conocen y las pueden traspasar, aunque los cazadores más curiosos, atrevidos o inconscientes que se han decidido a seguirlos, han constatado que estas entradas y salidas tienen sus horarios: los mismos que el sol en sus amaneceres y en sus ocasos.
Emilio González Morales: Baile de Jarros
Animales de diferentes especies: Venados, Coches de monte, Tepezcuintles, Serpientes, Zorros, Garzas, Ardillas, Lobos, quetzales, colibríes… forman fila para entrar a las entrañas del Volcán, donde los cazadores no pueden perseguirles. Si lo hacen, no logran regresar, o acaban viviendo la experiencia del no tiempo, con la sensación del tiempo detenido, ralentizado o paralelo.
Este es el caso de Jose María Peneleu Navichoc, un anciano oriundo de San Pedro La Laguna, que en los años sesenta, tras faltar tres días de su casa regresó diciendo que había pasado tres horas en una cueva del Volcán, habitada por gentes espirituales, vestidas de blanco que le ofrecieron comida. Don Jose María, demasiado asustado y fascinado para poder comer, rechazó esas ofrendas y, según los guías espirituales que escucharon su historia, eso fue lo que le salvó, pues aquellos que se han atrevido a traspasar esas puertas prohibidas y han aceptado las ofrendas que los espíritus del Volcán les hacen, no han encontrado después la salida y no ha habido forma de recuperar sus cuerpos para devolvérselos a Nuestra Madre Tierra como es debido.

Emilio González Morales: Juego de Animales



4. ATRAPAPOETAS


El paisaje, las gentes y sus historias, tejen una tela de araña que, invisible e imparable como el tiempo, mantiene anclados al Lago Atitlán a los poetas.
Es verdad que uno no puede vivir en este paisaje, si el paisaje no lo elige antes, pero aquí los hábitos, la cotidianidad, las rutinas, se confunden con ceremonias, ritos, celebraciones (de imágenes, de ritmos, de palabras), provenientes de un mundo remoto pero íntimo, desbordante, pero envolvente a la vez.
Emilio González Morales: Baile de las Jarras
Aquí hay nubes que pintan cuadros al óleo, flores que dan colores al telar, pájaros que enredan los caminos del cielo, hormigas que simulan ser palabras ordenadas en un papel. Ancianos, Anteriores, Antiguos, Antepasados, Anónimos, que alcanzan su punto culminante al soñarse dormidos porque son maestros del despertar soñando.
Si, porque aquí todos sienten la voz muda del Lago con su aliento de siglos cada vez que llueve, o porque bajo el agua bullen historias que la Historia olvidó, es destino de poetas vivir en el Lago Atitlán, cerca del agua, a salvo siempre de sus propias lagunas y sus volcanes muertos.

Emilio González Morales: Baile de los Antepasados

... próximamente...

DOSIS JUNIO 2015

CICLO TERCERO 

"USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES"

FASE II
“ANIMALES”
5. LA VERDADERA Y JAMÁS CONTADA HISTORIA DE LOS PATO POC
6. LOS PERROS DEL LAGO
7. LOS CHELES DE LOS HOMBRES



Breve epílogo que fue prólogo y se prolongó

Nuevas Leyendas Del Lago Atitlán es un conjunto nunca fijo de relatos que irán saliendo a la luz (en Blog) antes de nacer (en papel). Así, frente a una edición (o dosificación) convencional, que muere al nacer, que se cierra definitivamente o se fija para siempre al quedar impresa; estas leyendas, si llegan a ser un poco "legendarias", será irónicamente por alargar su vida más allá de cada punto final, al corregirlas, ajustarlas y hasta reescribirlas sin más pausa que su declarada dosificación.
Precisamente la imposibilidad de fijar un orden claro, marcar un itinerario único o proponer un final con destino, es lo que me ha llevado (paradojas posmodernas) a presentarlas en CICLOS, FASES y CAPÍTULOS, abiertos, cambiantes, flexibles, sabiendo que el rastro de lo legendario es inasible como una atmósfera y que sólo una estructura inesperada y dosificada que sea como el TIEMPO mismo, podrá sobrevivir. 
Por todo ello, SE HACE SABER que esta publicación inexistente sufrirá -como cualquier alma mortal- sucesivas  transformaciones, remiendos, adiciones  y hasta adicciones en sus 
CICLOS, FASES, CAPÍTULOS; 
PINTURAS, FOTOS, COMENTARIOS...


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DESPERTAR SOÑANDO. S.A.
Atitlán,
Cerca del agua.


jueves, 9 de abril de 2015

PRIMERA ERA. CICLO SEGUNDO: "USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES". FASE I: "LO ATEMPORAL".(Capítulo 1)

NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN

DOSIS ABRIL 2015

Jorge Ruiz Cuesta
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ATITLÁN
Cerca del Agua





ADVERTENCIA PARA INADVERTIDOS-AS


Toda búsqueda de leyendas es legendaria. 
Toda búsqueda o indagación sobre uno mismo es una búsqueda o indagación universal. El tiempo, el ingrediente esencial de la vida, se hace espiral y, entonces, sus ciclos no se repetirán, en todo caso, repetirán el biorritmo que los contemporice. Esa es la armonización primordial, la que habrás que buscar, encontrar y mantener, cueste lo que cueste, en el bombeo de tu corazón, los ritmos de tu respiración, los anhelos de tu espíritu.
Por eso, si, desconcertado, has perdido la cadencia temporal que se acopla a tu ser, aquí podrás encontrar un nuevo vínculo entre lo íntimo y lo universal que no siéndote propio, tampoco te sea ajeno.

Y todo porque, si buscas leer, vivirás, y si buscas vivir, leerás.


ÍNDICE CICLO SEGUNDO: 
"USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES"

FASE I: “LO ATEMPORAL”
1. MANDAMIENTOS FUGACES DEL TIEMPO ETERNO
2. TIEMPO GANADO, TIEMPO PERDIDO
3. LAS PUERTAS DEL VOLCÁN
4. ATRAPAPOETAS

FASE II: “ANIMALES”
5. LA VERDADERA Y JAMÁS CONTADA HISTORIA DE LOS PATO POC
6. LOS PERROS DEL LAGO
7. LOS CHELES DE LOS HOMBRES

FASE III: "MANÍAS"
8. FECUNDACIÓN IN LAGO
9. BAUTISMO
10. PODER ONÍRICO DEL LAGO ATITLÁN
11. GEMELOS

FASE IV: “COSTUMBRES”
12. LEYENDA QUE SE ANTICIPA
13. AVISTAMIENTO
14. SEÑALES DEL NUEVO AÑO

FASE V: “NO LUGARES”
15. EL PUEBLO VOLADOR
16. EL CERRO DE ORO

FASE VI: “PERSONAJES LEGENDARIOS”
17. ENANOS (o "Nuestra Madre Tierra re-quiere lo pequeño")
18. ALDOUS HUXLEY ( o "La tozuda imaginación")
19. LAKE (o "El curandero gringo")
20. EL PRINCIPITO DEL LAGO (o "Un personaje en busca de lector")

Autoretrato simbólico: ""Usos, Leyendas, Manías y Costumbres"

FASE I
“LO ATEMPORAL”


1. MANDAMIENTOS FUGACES DEL TIEMPO ETERNO.

“Mi papá me ha dicho que te presente al abuelo Axuwaan. Él es el anciano más anciano del mundo. Axuwaan te llevará porque hay que salir a las tres de la mañana”. 
¿Y por qué tan temprano?.
“Porque vive lejos y se levanta como el sol”.
Supuse que María había querido decir “con el sol”, pero no abrí la boca, al ver que los dígitos de mi reloj-despertador marcaban las 22:45 y apenas me quedaban cuatro horas para dormir.
Chema Cox and Edwin González: "Cascada de Espíritus"
Axuwaan, que es gelol (tocayo) de su abuelo Axuwaan, “el Anciano más Anciano del Mundo”, es uno de los hermanos de María. “Tiene casi 31 años pero en su mente sólo pasaron seis o siete”, me advirtió ella cuando me lo presentó. 
Axuwaan, a quien después de un mes de estrecha convivencia, consideraba ya mi propio hermanito, es una de esas personas que uno comienza a querer inmediatamente. Quizá porque su mundo, detenido en la infancia, es el más acogedor de los mundos posibles. El brillo de su mirada, su sonrisa perenne, (parece reír incluso cuando solloza y no llora casi nunca), el sonido onomatopéyico de su risa que siempre cae en carcajada, contagian al más insensible. Su manera de tomarte de la mano, sus silencios, su forma de estar y hacer, son invitaciones a la ternura, la melancolía, la paz.
Chema Cox and Edwin González: "Cerro del Cacique Dormido"
La oscuridad era brumosa de modo que abandonar San Pedro en dirección al Volcán, fue como ir saliendo de una nube o atravesar una telaraña invisible hecha de restos de sueño. Axuwaan se adelantaba a menudo en el camino y me esperaba en algún lugar para señalarme un árbol, una flor, un fruto, un pájaro. En esos momentos hubiera querido que fuese mi hijo. El sol asomaba por las montañas justo cuando llegamos al umbral de la casa del anciano más anciano del mundo. 
La casa eran tres chozas de adobe con techo de paja, una un poco más grande que las otras dos, iguales a las que había visto en las fotografías de los años 40 que tienen expuestas en la biblioteca municipal de San Pedro.
El anciano estaba rezando en su habitación y esperamos a que terminara sus oraciones. Mientras, una señora, nos hizo pasar a la cocina. 
Benjamin & Lois Paul's Photos
Después de saludar a Axuwaan pasándole la mano por la cabeza como se hace con los niños en señal de respeto, me dio la mano mientras se tapaba la boca (casi desdentada) con el delantal. Con gestos (al principio pensé que no hablaba español) nos invitó a bolillos y café. Podía ser una tía de María, pero no se le parecía en nada. Su piel era muy morena y su nariz mucho más ancha. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra reparé en la presencia de cuatro niños de estaturas escalonadas como los Dalton, que nos miraban cual luciérnagas desde el fondo de la cocina. ¿Quiénes podían ser?. ¿Nietos de la tía de María?. ¿O la señora no era tía de María?. Cuando la señora me pasó una taza de café, encendí un cigarrillo mecánicamente y al ir a preguntar a Axuwaan, precisamente para dejar de hacerme preguntas, vi entrar al otro Axuwaan, el Anciano, en la cocina. Inmediatamente me sentí como el violador de un recinto sagrado. Me levanté de un salto e hice el amago de arrojar el pitillo al fuego, pero el Anciano dijo algo en tz´utujil que me paralizó el gesto y la intención. 
Lorenzo González Chavajay: "Juanera
La señora, mientras retiraba el café de la estufa, tradujo: “Ha dicho: no tires el cigarro porque los dioses de la lluvia son grandes fumadores y las colillas que tiran son los cometas”. 
Seguí fumando pero más cohibido todavía. El Anciano en verdad parecía el más anciano del mundo. Era un hombre menudo, delgado, con huesos grandes que se marcaban en sus clavículas, en sus codos y, supuse en sus piernas. Llevaba el traje tradicional tz´utujil con la banda en la cintura y un pañuelo cubriéndole la cabeza. Los pies descalzos parecían esculpidos en caoba. Al entrar en la cocina traía una vela en la mano y recordé la anécdota de don Feliciano y su levitación. Comparado con él, éste parecía el doble de anciano en la mitad de cuerpo. 
Al llegar junto a la estufa, inclinó la vela para que descargara su cera y la posó con gran destreza sobre el cemento de la estufa. La luz de la vela osciló un poco, se inclinó a la izquierda, después a la derecha y, por fin, se estabilizó. Me fijé en sus manos, quizá porque por efecto de la iluminación o de los ojos fascinados con que yo lo miraba todo, me pareció estar viéndolas “en negativo”. Las venas, hinchadas como cañerías rebosantes se veían blancas cuando debían tender al azul y su piel oscura, como la de la señora que yo creía su hija, era gris ceniza. 
Pedro Rafael González Chavajay: "Madrugada a la Ceremonia"
Cuando la vela se estabilizó el anciano se acercó a mí. Yo me levanté para tenderle la mano y recibirlo con todo el respeto del mundo, pero él hizo lo que haría un ciego: elevó sus manos a la altura de mi cara, como para tantearla. Yo cerré los ojos ofreciéndosela y comenzó a tocarme. Noté la rugosa yema de sus dedos tanteando la forma de mis ojos, nariz, boca. Lo vi, en la oscilante luz de los ojos recién cerrados como un gigante. No puedo expresarlo de otro modo: como si fuera la brisa del lago quien estuviera auscultando mi rostro. Este instante eterno duró hasta que Axuwaan se interpuso entre nosotros tomando la mano del anciano y besándola en señal de respeto. El anciano sonrió, dijo varias frases que nadie tradujo y se sentó en la silla vacía junto a la estufa. 
Hechas las presentaciones resultó que la señora Catalina es tía de María y los niños (Angel, Marina, Gabriel y José, “pura marimba”). son sus nietos. Al conocer los nombres de todos me pareció que aumentaba la luz del cuarto. 
El Abuelo Axuwaan, “El Anciano más Anciano del Mundo” -así lo volvió a presentar la tía Catalina-, me hizo un interrogatorio exhaustivo en el que le conté a grandes rasgos un viaje concebido para cuatro meses pero que ya duraba más de dos años. Por momentos me sentí como en una reunión internacional, en la que la tía de María, una mujer como las que veía en el mercado, desempeñaba el papel de traductora de la ONU.
La escena era como soñada.
“¿Y cuánto tiempo llevas en el pueblo?”.
Apenas tres meses, pero no tengo intención de marcharme. 
“¿Tres meses y todavía no ha olvidado su reloj?”, preguntó por primera y única vez en español con su vocecita que parecía provenir de una cueva.
La verdad es que me lo prestó su nieta María y hoy lo llevo puesto porque necesité la alarma para levantarme temprano, pero le aseguro que no es lo habitual, dije disculpándome mientras me lo desabrochaba como quien se libera de la pesada carga del tiempo. 
“Ah María, María. Sigue sin gustarme cómo se cuenta la vida porque yo, por ejemplo, nací un 29 de febrero y según el calendario católico, tendría hoy 23 años”, dijo el anciano en tz´utujil. Tras la traducción de la tía Catalina, hubo un silencio de segundos que se me hizo incómodo, denso y largo como un minuto. Axuwaan ya estaba comiendo su tercer pan dulce de la mañana y verle así me distendió.
De esto en aquel momento no me daba cuenta, pero ahora tengo la sensación de que el Anciano estaba preparando con un ejemplo práctico, “algo” que todavía no me iba a contar, pero me estaba anticipando. 
El Anciano hilvanó un discurso que su hija resumió en frases cortas de ritmos cambiantes que se alargaron y aceleraron más o menos así: 
“El tiempo es sagrado. Es lo que somos. No podemos engañarlo. No debemos acosarlo. No hay que desear atraparlo, mucho menos dominarlo, administrarlo, matarlo, gastarlo, venderlo o comprarlo”. Casi toda esta enumeración negativa la tía Catalina la pronunció en español, porque al parecer no hay conceptos equivalentes en tz´utujil, menos aún aplicables al tiempo. “Las personas fuera de ciclo, lo engañan porque se adelantan. Pretenden siempre un avance o un fin pero entonces el tiempo huye, se alarga infinitamente y se aloca como una serpiente sin cabeza. Las personas lo acosan y creen atraparlo cuando buscan rejuvenecerse, parar el tiempo, volver atrás… Se equivocan porque lo administran mal y lo miden torpemente. No se puede medir lo que no se comprende, como no se puede tener lo que no existe. Para eso son las oraciones, las ceremonias, para pedir perdón, alabar, agradecer el tiempo que tenemos y nos sostiene”.
Yo seguía con tal concentración el discurso (como para grabarlo tal cual en la memoria), que me produjo un shock cuando el anciano interrumpió bruscamente su discurso y se levantó lentamente, aunque sin apoyarse, para disculparse diciendo que tenía varias responsabilidades ese día, que “el día ya le había dado su permiso”, y que si no se apresuraba lo iba a defraudar.

Durante muchos días, tal vez meses, la experiencia de aquel encuentro con “el Anciano más Anciano del Mundo”, me dejó una sensación final de cierto desencanto. Me descorazonaba que el resultado último del uso del tiempo, al modo maya o al modo occidental, fuera la prisa: realizar cuantas más actividades en una jornada. Era como si, en el fondo, todos se fijaran en sus propias trayectorias sin tener verdaderamente en cuenta al tiempo, de modo que, en realidad, para entendernos, creyendo contarlo, nos descontaba Él.
Pedro Rafael González Chavajay: "Día de Ceremonia en Chichicastenango"
A la pobre María la aturdí a preguntas y me fue explicando que las ocupaciones de aquel Anciano eran como las de un ministro o un general. No se sabía de dónde sacaba el tiempo (y la energía, dada su edad) para hacer todo lo que hacía por la comunidad: mediar en disputas, herencias, divorcios, casamientos…, supervisar trabajos comunes, nombrar responsables y vigilar lo decidido en el Consejo de los Principales. Por eso es tan respetado y se le llama “el Anciano más Anciano del Mundo”, como una expresión de cariño y admiración, devoción y respeto. 
“Él es autoridad, pero no una autoridad que uno dizque vota para que haga una cosa y después hace otra. En nuestra lengua, autoridad quiere decir, el que tiene su trabajo, el que cumple los acuerdos que sirven a la comunidad”.
Sólo muy lentamente y por los caminos más inesperados, fui asimilando algunas de las muchas cosas que escuchaba mencionar. 
Pedro Rafael González Chavajay: "El Pan Nuestro"
Pero de un modo muy especial y muy sutil, fue “el Anciano más Anciano del Mundo”, quien me había puesto a reflexionar sobre la naturaleza del tiempo o de nuestra relación con él, a partir de aquella definición tan concentrada como fugaz. 
Aquí, por el momento, presentaré la interpretación que en aquel momento me dejó tranquilo. Ya habrá tiempo de explorar otras experiencias pasadas o futuras.
Durante varios días, semanas o meses, (ahora con tantas experiencias como acumulo, no lo puedo recordar), a partir de lo central de aquel discurso sobre el tiempo, lo primero que se me ocurrió fue enumerar eso que no se puede hacer con Él. Me salieron, así lo anoté en el cuaderno, “Diez mandamientos fugaces del tiempo eterno”. Enseguida comprendí que todos ellos se encerraban en los dos primeros: (1) es sagrado y  (2) es lo que somos, porque de estas dos condiciones se deriva que NO lo podemos engañar (3), acosar (4), atrapar (5), dominar (6), administrar (7), matar o gastar (8), vender (9) ni comprar (10). Si lo usamos de este modo, ofendemos a la Naturaleza (lo sagrado) y nos ofendemos a nosotros mismos (es lo que somos”, es lo que tenemos y nos sostiene”), por tanto, lo que le hacemos al tiempo nos lo hacemos a nosotros mismos. 
Vicenta Puzul de Gonzalez: "Bendición de Mazorca"
Hasta ahí, todo me parecía bastante claro, asimilable desde una lógica cartesiana, e incluso acorde con mi propia sensación. Pero, si el tiempo es lo que somos, es en definitiva el existir, la vida, ¿cómo hacer para no disponer de él, o cómo hacer para desprenderse?.
Tratar de contestar esta pregunta con lo vivenciado hasta aquella entrevista fue el mayor escollo. Pasé muchos ratos perdidos buscando alguna lógica que mi mente de entonces pudiera comprender. Sólo sentí que recuperaba o volvía a ganar mis momentos perdidos cuando entendí por fin algo muy básico. A saber: que la función más frecuente de las ceremonias en cualquier cultura (incluida la occidental) consiste en pedir permiso para cultivar, podar, cosechar, festejar, seducir, casarse… 
Emilio González Morales: "El respeto de los Antepasados"
Por todo esto, y por las experiencias que se sucedieron antes y después sin lógica temporal alguna, comprendí que aquel día, el anciano más anciano del mundo, una vez obtenido el permiso del día y después de conversar fugazmente con Axuwaan y conmigo, no tenía prisa por “su tiempo”, sino por “El Tiempo” y no salía a realizar todas aquellas acciones del día en un tiempo limitado, acotado, cercado, para cumplimentar con su “agenda”, su “trabajo”, “su cargo”, o para satisfacer un provecho personal, sino para Concelebrar el Tiempo, el transcurrir de la vida, que es todo lo que somos y que sólo se vuelve sagrado si se consagra a los demás (¿ahí está el cómo “desprenderse”?).
Por fin había comprendido lo que el maestro (una biblioteca andante, como se dice de los ancianos en África) había querido transmitirme en aquel primer contacto: la necesidad de respetar los ritos, que son la puerta de entrada en ese diálogo horizontal, de igual a igual con todo lo vivo, y por tanto, de modo especial con el tiempo. Afán de comunicación intersubjetiva, diálogo de igual a igual que explica, lo esencial de la cultura maya.


Chema Cox and Edwin González: "Contemplando el paisaje"

PRÓXIMAMENTE





... EN UN TIEMPO...
...PRÓXIMO, quizá este mismo mes, aunque de otro calendario...


CICLO 
TERCERO

"USOS, LEYENDAS, MANÍAS Y COSTUMBRES"


ÍNDICE 

FASE I 
“LO ATEMPORAL”
1. MANDAMIENTOS FUGACES DEL TIEMPO ETERNO
2. TIEMPO GANADO, TIEMPO PERDIDO
3. LAS PUERTAS DEL VOLCÁN
4. ATRAPAPOETAS





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DESPERTAR SOÑANDO. S.A.
Atitlán,
Cerca del agua.

martes, 24 de junio de 2014

PRIMERA ERA. CICLO PRIMERO. FASE III: "LO ACUOSO" (CAPÍTULOS 10-13).



NUEVAS LEYENDAS DEL LAGO ATITLÁN



Jorge Ruiz Cuesta
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ATITLÁN
Cerca del Agua




Diego Isaías Hernández: "Desastres Naturales por Vientos y Lluvias"

CICLO PRIMERO

"PAISAJE INTERIOR"

 FASE III "LO ACUOSO"



INDICE GENERAL

CICLO PRIMERO “PAISAJE INTERIOR”

FASE I: “LO ETÉREO”
1. SUEÑOS
2. MI LUGAR FAVORITO DEL LAGO
3. EL LAGO FANTASMA
4. EN EL FONDO

FASE II: “LO ESPECULAR”
5. ECLIPSE TOTAL DE LUNA
6. MALAS LENGUAS
7. REFLEJOS
8. UN ESPEJO DE OBSIDIANA GIGANTE
9. ENTRE DOS LUNAS
FASE III: “LO ACUOSO”
10. LLUVIA Y LÁGRIMAS
11. LO QUE SE SABE DE LOS AHOGADOS
12. LA CIUDAD SUMERGIDA
13. HOMENAJE TARDÍO 
(Fragmento del Ensayo "TESTIMONIOS DIFERIDOS"
de Antonio Canil)
Parte Primera: Don Andrés Puac Tuyuc
Parte segunda: Doña Petrona González





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 FASE III "LO ACUOSO"

Juan Fermín González Morales: "Lavando ropa"






10. LLUVIA Y LÁGRIMAS

Domingo García Criado: "Bañando"
La lluvia, al caer sobre el Lago Atitlán, alimenta y renueva las aguas estancadas como un elixir salvador que limpiase las heridas, las cicatrices, las suciedades de la líquida piel del cuerpo y de la tierra. Cada vez que llueve, el agua refuerza la estructura de los átomos de H20, recargando sus atributos curativos, mágicos y detergentes, cual si en lugar de gotas cayesen pócimas cargadas de poder.
Cuando pasa la tormenta y el sol asoma de nuevo, como en un amanecer retardado que se interioriza, los brillos del agua se intensifican, se refuerzan, se animan, como si el Lago fuera un espejo roto por el llanto de los astros.
Por eso se avisa del peligro a los bañistas abrumados por alguna pena, pues si una sola lágrima suya se disuelve en las aguas del Lago Atitlán, todas sus potencialidades quedarán en suspensión, hasta que vuelva la lluvia a caer y se renueven todos los ciclos del Lago que es el alma del cuerpo de esta tierra.




11. LO QUE SE SABE DE LOS AHOGADOS 

por Antonio Canil.

Antonio Canil es el padre de María Canil, pareja de Jesús Miravalles.
Quien desee saber más a cerca de estos personajes sólo tiene que conseguir leer el relato inédito “Despertar soñando”, tarea imposible por el momento, pues el manuscrito duerme el sueño de los justos, ya que no ha sido descubierto aún.


Dicen Nuestros Antepasados que los Ahogados parecen humanos de tan desorientados y fugaces como caminan, pero tocarlos es como tocar el aire o atrapar el humo.
Llevan un traje blanco y se mueven como el viento del norte porque salen a la tierra en el invierno: entre octubre y diciembre, cuando hasta el aire es agua. Por eso dicen en Santiago Atitlán que “ese es su tiempo de hacer maldades”.
(En el fondo no saben que los Ahogados actúan así, por la fuerza que ejerce hacia arriba una extraña añoranza de lo que no pueden o no saben).
En todas partes cuentan que salen en grandes grupos, tocando el tambor y llevándose a las personas que encuentran por las calles, especialmente si andan solas, o mejor dicho, “si se alejan de los caminos de su Comunidad”. Suelen llevar una lista con los nombres propios de los que se ahogarán en los próximos días y eligen lugares especiales para anunciarlos con cierta algarabía silenciosa.
En San Pedro La Laguna se dice que cuando alguien se ahoga, pasa a ser “El Ch´i´p”, es decir, “El Último“. El Ch´i´p, pese a ser el espíritu más pequeño y el menos poderoso, será el encargado de guiar a los Ahogados en su salida a la superficie, ya que el calor de la gente anida todavía en su espíritu y puede amoldarse mejor a las situaciones, para muchos ya olvidadas, de la vida en la tierra.
En Santa Clara La Laguna, el pueblo que llaman “volador”, se piensa que los días posteriores a las jornadas de “Niebla”, cuando el Lago es todavía una nube que está empezando a despegar (no se sabe si de lo hondo o de la nada), los Ahogados celebran  sus fiestas, sus ceremonias, sus conmemoraciones. Esos días, desde Santa Clara, puede verse claramente cómo emanan por toda la superficie del Lago los vestigios nubosos de las velas, las hogueras, las pirotecnias y hasta los malos humos de los que habitan la ciudad sumergida. Por eso en Santa Clara, cuando pasa la “Niebla” se dice que los Ahogados, al fin, “Respiran”.

Pedro Rafael González Chavajay: "Lluvias de Gracia"


12. LA CIUDAD SUMERGIDA


 Los que mueren ahogados o accidentados en las aguas del Lago Atitlán, van a poblar la ciudad sumergida, la ciudad de los muertos que se oculta bajo las aguas.
Allá, en ese ámbito atemporal, etéreo, acuoso y especular que sólo se hace visible para los ojos profundos de los Ahogados, la existencia se prolonga en las acciones, vivencias e ilusiones que no pudieron tenerse durante la vida en la superficie de la tierra. Por eso los campesinos se ven artistas, los pescadores sanadores y las mujeres más sencillas reinas, porque bajo el agua, lo que es imposible de hundir es el cumplimiento de los sueños.
Emilio González Morales: "Baile de Jarros"
Que Allá Abajo hace calor, un calor húmedo que se pega a los huesos, se nota en que los Ahogados visten una tela tan ligera y sencilla como la que usaban los Antiguos, y si el color es blanco, debe ser para que los ojos embebidos de los Ahogados puedan distinguirla de la masa de agua.
Los Ahogados Antiguos, los que llevan mucho tiempo viviendo en la ciudad sumergida, sienten una remota añoranza de lo que olvidan: la luz del sol y ese algo indefinible que flota siempre pero nunca logran fijar en su memoria de agua.
Los Ahogados recientes, en cambio, sienten todavía nostalgia de la gravidez y de la carne: por eso salen de vez en cuando a la superficie a señalar a su elegido cuando, desprevenido o dormido, los piensa.
Emilio González Morales: "La Paz"
Quien amanezca con una de estas heridas, mordeduras o señales en su cuerpo dormido, deberá ponerse en lo peor y si no desea “ser el primero en ser El Último”, tendrá que limpiar su señal o mordedura con una piedra pómez, la única piedra que flota. Después, para que la cicatriz desaparezca definitivamente de su cuerpo, deberá arrojarla al agua de nuevo. Sólo tras esta ceremonia los Ahogados que aún sienten nostalgia bajo las aguas sin memoria del Lago Atitlán, dejarán de ser mortificados por el pensamiento de sus elegidos.
Puede decirse entonces que si las piedras pómez flotan es porque guardan en su aire interior los espíritus previos que las arrojaron al agua para liberarse de alguna nostalgia extinguida.
Por todo esto vengo sosteniendo desde hace años en mis investigaciones que los Ahogados de nuestro Lago no salen por maldad como se interpretó que decían los Antiguos, sino debido a que viven inmersos en la nostalgia de una vida que no recuerdan, una compañía que no está y una existencia que, en el fondo, no pueden concebir.
Pedro R. G. Chavajay: "Manantial Sagrada"
Aflicciones, añoranzas, melancolías, si se piensa en profundidad, no tan extrañas a las nuestras que superficialmente nos creemos vivos.
Quizá por eso, excepto la gente más sencilla, muy pocos confiaron en las noticias que Don Andrés Puac Tuyuc contaba sobre “La Vida Acuosa” (título de la tesis donde recogí, analicé e interpreté su testimonio). Para los escépticos sólo eran charlas alcohólicas de cantina. Para los eruditos de entonces se trataba de “dichos y costumbres comunes, acumulados embrolladamente en los ovillos del tiempo”. O, en formulación todavía más rebuscada de Jesús Miravalles (un poeta español que después de casarse con una Pedrana, desapareció en las faldas del Volcán), “historias que pululan entre las gentes como placebos fantasmales ya que sólo si se creen obtendrán relevancia en el presente”.
Por ser yo el primer no Ahogado a quien don Andrés encontró en la superficie, la historia completa sólo me la contó a mí. Así, por la vía de este testimonio referido cuando aún estaba húmedo en la memoria del Ahogado, llegué a interesarme por las leyendas de Nuestro Pueblo y, mucho tiempo después, fui entendiendo que no sólo fue el trago lo que permitió a don Andrés “ser el primero en dejar de ser El Último”.


Juan Coche Mendoza: "Pescador"

 

13. HOMENAJE TARDÍO 

Parte Primera: Don Andrés Puac Tuyuc


Desde que don Andrés Puac Tuyuc sobrevivió a su experiencia de Ahogado, compartí con él todo el peso de su testimonio. Sólo desde que murió sentí que podía liberarme de esta carga que hasta hoy se ha ido eternizando. Y ahora, al final de mis investigaciones, cada vez que escribo sobre los Ahogados, la Ciudad Sumergida o “La vida acuosa” en general, me doy cuenta de que en el fondo, estoy hablando constantemente de mi propia vida.
Don Andrés fue un gran bolo hasta sus últimos días. Desde muy patojo gastó lo que pudo en trago, pero era tan buena persona que todos, especialmente los jóvenes, le teníamos un gran afecto, entre otras razones porque siempre era simpático y no sabía reñir. En aquel tiempo nos hacían gracia sus andares vacilantes, sus pantalones demasiado grandes mil veces remendados, sus escasos pelos largos ya canosos, enroscados alrededor de la cabeza y el brillo de sus ojos que sólo se nublaba cuando estaba a punto de perder la conciencia.
Juan Fermín González Morales. "Pescador"
Cuando don Andrés llegó al lugar que había planeado para pescar, colocó su anzuelo y se sentó en el cayuco a esperar. No sabe cuánto tiempo pasó allí bajo la fina lluvia. Sólo dos veces creyó que alguna mojarra estaba jalando del hilo. La primera fue una falsa alarma, pero justo cuando se estaba preparando para recoger la segunda, de repente, el cayuco comenzó a girar sobre sí mismo, al principio lentamente, pero después como si hubiera entrado en una zona de corrientes subacuáticas espirales, o como si el gancho de su caña hubiese destapado el cráter que corona el mundo sumergido. Aquella noche extraordinaria que cambió nuestros destinos llovía, pero don Andrés salió a pescar porque el Lago estaba en calma y la Luna era creciente. Pescar era su costumbre cuando no tomaba, quien sabe si por el hábito o el gusto de sentir los huesos cimbreados por algún mareo.
Emilio González Morales
Cuando don Andrés abrió los ojos de nuevo, ya estaba bajo el agua. Se sentía mareado, ebrio, pero como esa sensación no le resultaba extraordinaria lo primero que llamó su atención fue otro detalle que para la mayoría de los Ahogados suele pasar inadvertido. Bajo el agua se sentía bien, incluso con menos frío que en el cayuco antes de desatarse la tormenta porque tras la fatal sensación de ahogo inicial siguió respirando tranquilamente como si una vez calado el cuerpo hasta los huesos el agua se volviera de aire. Sin embargo, lo más extraño, lo que reclamó poderosamente la primera atención de su mente sumergida fue que, cuando aún no sabía si ascendía o descendía (sólo buscaba alguna luz que le indicara dónde se hallaba la superficie), le pareció que su accidente había ocurrido desde el primer chapuzón de su conciencia.
Don Andrés, sumergido, desorientado espacio-temporalmente, miraba hacia un lado y veía lo que parecía la luz de la Luna tenuemente filtrada en el agua, pero también miraba hacia el lado opuesto y veía una luz débil como de planeta lejano que lo atraía. 
Ante las dos luces, primero se sintió desconcertado y finalmente una pulsión de soledad desbordada le lanzó a bucear hacia la luz que le pareció de una intensidad más acogedora. En esos primeros instantes, don Andrés se consolaba pensando que en realidad se hallaría tirado en alguna calle del pueblo, soñando que se ahogaba y que, tarde o temprano, con más o menos resaca, iba a despertar en cualquier calle, cantina o rincón habitual. 


Pero cuando logró aproximarse lo suficiente a la luz elegida (gracias a que fue buzo en sus años jóvenes), comprobó para su sorpresa, que no se trataba ni de la Luna ni del cráter incandescente de un viejo Volcán sumergido, sino de... “una casa”, o mejor dicho, un pequeño edificio que se fue haciendo más grande, múltiple y complejo a medida que don Andrés se acercaba y podía distinguir no sólo una fuente de luz sino varias.
Había buceado al fondo en lugar de salir a la superficie pero cansancio y desazón se diluyeron cuando pudo contemplar con detalle aquellos edificios hechos con piedra y rematados con esa clase de tallos que sólo fortalece el agua: eran, según le quedó en su recuerdo de Ahogado, juncos, tules, cañas, de azúcar, de maíz, de bambú…, formando un conjunto de construcciones cuya belleza transformó como por encanto la angustia que comenzaba a sofocarlo en simple curiosidad sin apremios. Además, a juzgar por la luz verdeazulada que iluminaba casi todos los edificios por dentro, no se podía considerar aquel un lugar triste o desolado.
Después de "tomar aire" y notar su aliento acuoso demasiado caliente, llamó a la puerta y al tocar la musgosa madera con los nudillos, como estaba entreabierta, se abrió del todo. Don Andrés se sintió más desconcertado todavía cuando entró en la sala pesadamente, como el que camina por la Luna, y comprobó que se trataba de una especie de cantina.
María Teodora Mendez de Gonzáles: "El Baile de la Cofradía, Todos Santos"
“No cabe duda, esto es un sueño”, pensó mientras recorría con la mirada el espacio interior de la casa y lo veía lleno de gente. “Había hombres y mujeres que parecían bolos bailando en una cantina. Había marimba, se tocaba carrizo, hasta Bailadores y Danzantes Mascarados había”. 
Al parecer el lugar estaba desbordado pero en una armonía que debía ser sólida porque “la gente hablaba en grupo en torno a diversas mesas, atendidas por jóvenes vestidos de blanco que repartían vasos, botellas, comida”. También le llamó la atención que en cada mesa se amontonaran cuatro o cinco tamborcitos de pequeño tamaño y le sorprendió sobremanera distinguir de pasada una conversación sobre fútbol.
Don Andrés se movía por aquel espacio rebosante con la timidez de quien irrumpe en una fiesta a la que jamás fue invitado y con la sensación de no estar avanzando, como ocurre en las pesadillas persecutorias, pero curiosamente, no sentía dificultad alguna para respirar. Lo único que parecía incomodarle en aquel ambiente eran los ruidos, pues sentía los oídos saturados y los sonidos le llegaban tan duros que le rascaban las orejas por dentro. (Lo más desconcertante de todo fue que los ecos le llegaban como anticipados). Ante todos esos trastocados estímulos y circunstancias, a don Andrés se le hacía imposible completar un solo pensamiento concreto.
Una muchacha tan blanca que parecía gringa se le acercó con amabilidad y le tendió una toalla también blanca indicándole con un leve gesto que le siguiera hacia el fondo de la estancia. Don Andrés estuvo tentado de preguntarle a esa muchacha si era verdad que había muerto, si eso era morirse y aquella era la recepción habitual en la ciudad sumergida de la que sabía muchas historias por su abuelo, pero no pudo articular palabra.
La gringuita le llevó hacia un pequeño edificio coronado en cúpula que parecía  un temazcal (nosotros los tz´utujiles lo llamamos Tuj). “Pase aquí y póngase esa ropa, don”, le dijo la muchacha en tz´utujil sin acento alguno. Don Andrés entró en el tuj conteniendo las preguntas como el que aguanta la respiración y allí dentro, para su sorpresa, la atmósfera húmeda parecía seca. Aunque no apreció ningún cambio en el mecanismo de su respiración, juraría que notaba un aire en la garganta y que ese aire era como la brisa que se siente una noche de insomnio sobrio en la montaña.
“¿Quién soy,... dónde estoy,... qué me ocurre,... qué va a suceder,... importa ya?”, pensaba en trombas don Andrés mientras se vestía, pero cualquier argumentación, pensamiento o pregunta, se le desleía inmediatamente en el cráneo por cualquier cosa; por ejemplo, porque volvía a abrirse la puerta y la misma muchacha de antes le decía: “¿Está listo?, sígame”.
Matías González Chavajay: "Bolos"
Don Andrés salió del tuj buscando los ojos de la muchacha con la mirada mientras comprobaba que ya no se sentía empapado por dentro y por fuera como cuando llevaba puesta su ropa vieja. Para cuando alzó la vista y miró a su alrededor ya se había abierto un espacio vacío en medio del salón y la muchacha le indicaba una silla donde debía sentarse. Antes de hacerlo, don Andrés realizó un tremendo esfuerzo gutural y en voz más alta, (para que lo oyesen los presentes) preguntó si, en definitiva, estaba muerto o no. “Eso, usted sabrá, señor Ch´i´p”, contestó ella sin expresividad, sumergida en sus propios pensamientos. Sin embargo, en un acto inusual, o así lo percibió él, al observar en la muchacha el efecto de su propia tristeza, ésta le susurro: “… Pero no tenga pena don, ahora le dicen lo que tiene que hacer”. 
Fuese o no sensible a su sentipensar a don Andrés no le entraba en la cabeza que aquella muchacha pudiera ser gringa, salvo si llevaba tanto tiempo ahogada que había tenido ocasión de profundizar extraordinariamente en la lengua Tz´utujil.
Un Anciano que a don Andrés le pareció la autoridad más antigua de los Ahogados, sin moverse del lugar donde estaba sentado, preguntó: 
“¿De qué pueblo es usted?
Paula Nicho Cumez: "Ru K'ux Ya"
De San Pedro La Laguna -contestó don Andrés, atemorizado por la imponente  presencia y el murmullo burbujeante de la Voz-.
“Entonces usted ya sabe lo que significa ser "El último"”.
Don Andrés movió resignada y afirmativamente la cabeza sin abrir la boca.
“Muy bien”, prosiguió el Anciano, cuya larguísima barba blanca se movía al hablar como una serpiente enroscada que fuera a ahogarlo. “Este grupo de recién Ahogados tiene que salir ahora mismo y precisamente para anunciar la lista de San Pedro La Laguna. ¿Se encuentra con fuerzas para acompañarlos teniendo en cuenta que no ha acabado de llegar?”.
Don Andrés asintió más seguro esta vez, y así, sin saber cómo, debido a urgencias inusuales que venían a romper antiquísimos protocolos de toda la vida bajo el agua, salió reflotado hacia la superficie. 
Lo interesante es que para su conciencia de Ahogado parecía haber pasado un año sumergido, lo que prueba que sólo la naturaleza del tiempo marca la pauta que permite distinguir las atracciones de una y otra nostalgia. Al vivo, que sólo es tiempo, lo sumerge. Al Ahogado, en su no tiempo particular, por procedimientos que no conocemos, lo hace emerger. Los dos mundos, de espaldas, se atraen, y a pesar de que confluyen, nadie sabe nada ni de la naturaleza del otro ni de la naturaleza de su propia nostalgia. 
Paula Nicho Cumes: "Corazón del Cielo y la Tierra"
Quizá por eso, ese salir del agua al aire, ese supuesto “desahogo”, no lo recordaba don Andrés con tanta nitidez como el trago anterior. Tal vez debido a que estaba demasiado preocupado pensando cómo zafarse de los Ahogados y los requerimientos de la famosa lista, pues según declaró, “no tenía ninguna intención de colaborar con ellos en su cruel tarea”. 
El caso es que después de fijarse en las barbas del Anciano, en un abrir y cerrar de ojos, don Andrés, se hallaba en un cayuco parecido al suyo, solo que carcomido por la humedad y acompañado o custodiado (no se sabía bien), por una comitiva excesiva de Ahogados que parecían músicos agotados después de un largo parrandón.
Nada más desembarcar, a don Andrés se le inundaron los ojos de lágrimas por el cambio de atmósferas y por la recién recuperada cercanía de su vida pasada, especialmente al ver que los Ahogados “con extrema crueldad” elegían para el desembarco el muelle de su mejor amigo, el doctor Natareno.
Diego Isaías Hernández: " Susto por Explosión de Cal Terrón"
Cuando le indicaron que se pusiera al frente de la comitiva para “liberar a su elegido”, a don Andrés le vino (no supo explicar cómo) un recuerdo que le pareció su única esperanza de salvación. (Tengo que adelantar aquí, que este recuerdo era una clave de interpretación importantísima que yo no supe comprender hasta mucho tiempo después). 
Animado por ese recuerdo, que fue la primera idea sólida que don Andrés pudo articular, comenzó a buscar plásticos de los muchos que abundan tirados por todas partes, y procedió a amontonarlos en medio de la plataforma de madera del muelle. A los Ahogados que le miraban estupefactos les dijo que estaba preparando una trampa para que su mejor amigo le hiciera compañía en su nueva vida de Ahogado.
Emilio González Morales: "Baile de las jarras"
"¿Y qué piensas hacer con estos plásticos, Ch´i´p?", le preguntó el que parecía al frente de la comitiva (un hombre bajito y obeso cuyo rostro le evocaba a don Andrés el de un viejo maestro de la Capital que acabó casándose con una Pedrana).
Voy a quemarlos en medio del muelle para que mi compañero venga, tropiece aquí (señaló unas tablas sueltas) y así podamos aprovechar para lanzarlo al agua, porque es un hombre demasiado grande y pesado.
“Muy bien, Ch´i´p, adelante”.
 Así fue como don Andrés obtuvo su legendario triunfo sobre la comitiva de Ahogados, porque en cuanto el plástico comenzó a quemarse, los Ahogados salieron corriendo y se dispersaron dejándolo sólo y dormido (o así me lo encontré yo). 
“Fue más fácil de lo que nunca llegué a pensar”, repetía don Andrés en los primeros momentos, cuando comenzó a salir de su desorientación: “Me acordé de lo que la zorra le hizo a los Ahogados y eso me salvó”...
Diego Isaías Hernández: "Mal hora de los pescadores por la horrible canción de la Siguanaba"


13. HOMENAJE TARDÍO

(Fragmento del Ensayo "TESTIMONIOS DIFERIDOS"
de Antonio Canil)


Parte Segunda: Doña Petrona González


...Y así llegamos al momento en que, de un modo que será doblemente diferido, voy heredando yo el peso de transferir esta historia que me llevó a interesarme cada vez más por las Leyendas de mi Pueblo.
Ese día, yo estaba saliendo, como cada mañana por aquel entonces, camino de un cafetal que mi papá tenía en la falda del Volcán, cuando vi a don Andrés tirado en la calle Pachanay como tantos días, durmiendo su borrachera. Parecía tan feliz como un recién nacido. Lo que me sorprendió fue que las ropas que vestía estuviesen, en apariencia, tan blancas y limpias como empapadas. 
Diego Isaías Hernández: "Gritos de Lobos por el Tiempo de la Naturaleza"
Mientras me preguntaba si don Andrés se había caído borracho al agua y después se había quedado dormido, de repente, se despertó, causando un susto de muerte a una mujer que pasó muy cerca, con su carga de café sobre la cabeza. Entonces me acerque a él, ayudé a la señora como pude a recoger los granos y me llevé a don Andrés a tomar un café. Allí, mientras el dueño repasaba los colores a uno de sus cuadros, don Andrés Puac Tuyuc, recompuesto gracias a la comida me contó la historia que cambió la mía.
Matías González Chavajay: "Las Bolitas, Nahualá"
Pese a su proverbial sinceridad y a los interesantes detalles de un ahogo que parecía un sueño, no acababa de creerme su relato, mucho menos llegué a asimilarlo. 
Regresé con él a su casa ya que después de desayunar se sentía mareado y al comprobar la reacción de su esposa, me quedé más desconcertado que tras escuchar el fantástico y minucioso testimonio. Su esposa, doña Felisa, que estaba tejiendo, más que reprocharle la borrachera de la que parecía no haber emergido todavía, comenzó a preguntarle de dónde había sacado la ropa que llevaba puesta y si pensaba que iban a aguantar la vergüenza cuando viniera alguien a reclamársela.
Chema Cox & Edwin González: "Cocina Maya"
Este detalle mínimo, no tanto por las respuestas de don Andrés como por las preguntas de su esposa, comenzó a hacerme dudar de mis dudas. Por respeto a su intimidad les dejé discutiendo y me fui al cafetal sumergido en todas estas cavilaciones. (Téngase en cuenta que entonces yo no había comprendido más que muy superficialmente la historia de don Andrés y tampoco sospechaba el efecto que tendría en mi futuro).
Al regresar a casa, aprovechando que la mamá de mi esposa estaba de visita y conocía muchas historias de los Antiguos, sin mencionarle nada de don Andrés, que era contemporáneo de su infancia, le pregunté si conocía una leyenda sobre una zorra y unos Ahogados.
Doña Petrona dijo que, si la conocía, era por la famosa historia que le pasó al abuelo paterno de don Andrés. Esta inesperada mención al abuelo me devolvió al estado de estupefacción en que me había dejado el testimonio del nieto, de modo que le pedí que me contara las dos historias, la del abuelo y la leyenda. Aunque doña Petrona no lo narró con estas palabras, así lo recuerdo:
<<Hace muchos años, estando en la milpa donde dormían porque quedaba lejos del pueblo (entonces no había carros), el difunto don Andrés y su nieto, encontraron una zorra que había sufrido un golpe en la cabeza y estaba todavía atontada, pero en ese momento, justo cuando el difunto don Andrés acababa de atar a la zorra en un saco de los que se usan para cargar el maíz se les apareció un grupo de Ahogados que desembarcaba en aquel lugar con sus tambores y sus ropas blancas.
El pequeño Andrés no llegó a ver la Comitiva porque su abuelo tomó la precaución de taparle la cara con una mano, por si emitía un grito de terror que alertara a los Ahogados. A pesar de todo, estos debieron escuchar el grito ahogado del niño porque comenzaron a caminar hacia ellos. El difunto don Andrés, al acordarse de la leyenda de la zorra, desató el cordel de su saco y consiguió reanimar al animal a base de oraciones, hasta que por una patada fortuita que le dio el niño, la zorra salió disparada en dirección a los Ahogados.
Diego Isaías Hernández: "Gritos de Lobos Señalando el Tiempo"
Eso les salvó, porque la zorra se comportó como en la leyenda. El pobre animal, al sentirse acorralado, comenzó a tirarse pedos de un olor insoportable. (Yo no lo he sentido, pero debe ser peor que el olor a plástico quemado). En cuanto les llegó el aroma a los Ahogados, comenzaron a estornudar, a vomitar y a dispersarse. Así fue como se libraron de una muerte segura, gracias a las oraciones y a que el difunto Don Andrés era de los Antiguos y conocía bien todas las leyendas de Nuestro Pueblo>>.
Estuve tentado de compartir con mi suegra la nueva historia de don Andrés y los Ahogados. No lo hice por temor a que mi esposa me considerara tonto, borracho, loco, o las tres cosas a la vez. Pero desde entonces comencé a interesarme secretamente por las leyendas de mi pueblo y me empeñé a fondo en ello. 
Por los detalles que don Andrés me iba revelando  dosificadamente y en exclusiva, fui creyendo cada día más en su historia y poco a poco comencé a sumergirme con nuevos y desahogados ojos en todas las demás leyendas de Nuestro Pueblo. 
Chema Cox & Edwin González: "Princesa tz'utujil con sus flores"
Esta afición se consolidó (quien lo iba a pensar) porque me ayudó a empeñarme en los estudios hasta llegar a ser el segundo tz´utujil que se graduaba en la Universidad Panamericana. Gracias a una beca de la Academia de Lenguas Mayas, con el tiempo (más de lo habitual por el racismo que gobierna Guatemala), llegué a doctorarme en Antropología Cultural, pero por desgracia y por mi carácter, pasé toda mi vida académica luchando en vano contra el eurocentrismo. 
He escrito varios libros que nadie lee, quizá porque en ellos sostengo tesis que algunos han calificado como "antiacadémicas", seguramente por fundamentarse en estas ideas que el testimonio directo de don Andrés me legó. No voy a rebatir aquí a esos ignorantes, pero mi tesis, expuesta muy escuetamente, es la siguiente:
Aunque hayamos perdido la “puerta de entrada”, existe una memoria colectiva que podríamos llamar “legendaria” (yo soy testigo directo del último que la cruzó). Esa memoria legendaria, al alcanzar el nivel de vivencia, funciona como la de los sueños, ya que suele expresarse en estructuras de relato extrañas, “oníricas”, “surreales”: de ahí las lagunas, la fisonomía nebulosa e inverosímil de muchas situaciones y pasajes, que resultan muy difíciles de traducir a otras lógicas.
Emilio González Morales: "El Viento"
Por eso pienso ahora que a don Andrés y a su Abuelo, no les salvó este o aquel detalle de las historias que narraron: la sensibilidad de los Ahogados a los aromas nauseabundos, la ausencia o no de segunda intención en lo que hacen, la peculiar naturaleza de su nostalgia, sino la capacidad de recordar una leyenda pasada (la de La zorra y los Ahogados) mientras afrontaban la suya en el presente. Y esta capacidad es la que estoy comparando con la del soñador que sin saber que sueña es asaltado por el recuerdo de un sueño anterior y, pese a las lógicas de vigilia que de repente emergen en su conciencia dormida, no se despierta, sino que se refuerza y fortalece su soñar.
En definitiva, estos testimonios diferidos me enseñaron la facultad legendaria de despertar soñando. Y a eso voy a dedicar mis últimos días.

Emilio González Morales. "Baile de los Antepasados"


FIN CICLO PRIMERO